En la presentación de su carta pastoral, en que aborda el tema de la eutanasia, monseñor Fernando Chomalí, Arzobispo de Concepción, planteó que “la Iglesia cree que ése no es un buen camino a seguir, porque aunque las personas estén muy enfermas, están vivas; y la eutanasia, lo que procura es la muerte, no es la enfermedad, sino una acción por una persona o un equipo médico, lo que es literalmente un asesinato”.

Reconoció que “la medicina ha hecho grandes progresos, lo que ha significado que muchas veces se posterga la muerte de las personas por un tecnicismo que puede parecer abusivo, que se llama ensañamiento terapéutico. La Iglesia no comparte eso, sino que plantea que a los pacientes terminales hay que darles la cura proporcionada a su salud y eso corresponde al médico y a los familiares y su entorno”.

Agregó que “hay personas que piensan que es posible que, en algunos casos, se puede eliminar a un ser humano gravemente enfermo y eso se llama la eutanasia. La Iglesia Católica postula que esa no es la mejor forma de morir, porque una persona, aunque esté gravemente enferma, está viva. Esa persona que es la más débil lo que necesita son cuidados adecuados, consuelo, ayuda espiritual, y médica en todo sentido”.

Precisó que “la experiencia ha dicho que muchas personas que piden eutanasia es porque se sienten solas, no se sienten queridas. Para mí es una derrota de la sociedad occidental que solo se preocupa de personas sanas y productivas y, en cierto sentido, abandona a las personas graves”.

“Muchas veces se habla de compasión, pero no lo es hacia la persona enferma, que se elimina, sino compasión hacia la sociedad que es incapaz de hacerse cargo de los más vulnerables o más indefensas”, añadió, indicando que su reflexión pretende iluminar a los legisladores de tal forma de que las leyes que ellos elaboren salvaguarden la dignidad de la persona que se encuentra en dramática situación de salud. “Queremos afirmar el derecho que tiene toda persona a vivir y el derecho a morir dignamente. Y no se entiende morir dignamente en una acción eutanásica, que es una acción u omisión, que por su naturaleza causa la muerte y tiene a eliminar cualquier dolor”, acotó.

“También nos oponemos al encarnizamiento terapéutico, porque es contraproducente y se produce un tecnicismo que puede ser abusivo. La Iglesia propone los criterios de proporcionalidad, es decir, el deber de conservar la vida obliga al empleo de medios ordinarios, que no imponen ninguna carga extraordinaria ni para sí mismos ni para los otros e implica la posibilidad de abstenerse como suspender ciertos tratamientos y eso no se considera eutanasia”, admitió, puntualizando que “muchas veces los enfermos terminales se sienten abandonados y ese es un problema del mundo moderno que sólo tiene interés en aquellas personas sanas y que puede recuperar y no aquellos que están a punto de morir. “Si no puedes curar, alivia; si no puedes aliviar, al menos consuela; nunca abandones un enfermo terminal y que en ese sentido muera cuando la enfermedad lo requiera, pero nunca a través de una acción u omisión”, recalcó.

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