Dos Esteros
Guillermo Morales
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Hotel Parque Quilquico

Sergio Larraín recorrió el mundo con su Leica para inmortalizar personas e instantes únicos que lo llevaron a la fama, pero un día renegó de la fotografía, trató de destruir toda su obra y se entregó a la meditación. Ahora, Buenos Aires recupera al artista chileno que peregrinó por la vida.

Cementerio Parque Esperanza
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“Su esencia es la de un místico que fue descubriendo lugares, siempre en la búsqueda de algo. Y la mantuvo hasta su muerte”, cuenta a Efe Virginia Fabri, directora del departamento de fotografía del Centro Cultural Borges, que acoge una retrospectiva del fotógrafo hasta finales de febrero.

Hijo de un destacado arquitecto chileno, pronto mostró inquietud por conocer otras realidades, lo que lo llevó a estudiar en Estados Unidos y, más tarde, a visitar Europa y Oriente Medio, aunque, en esta ocasión, lo hizo con su padre para escapar del dolor por la muerte repentina de su hermano.

Sus viajes le permitieron entrar en contacto con todo tipo de culturas y le hicieron desarrollar un compromiso con la sociedad y una empatía que canalizó a través del objetivo.

Así se acercó a “los niños de la calle” que vagaban por Santiago de Chile en los años 50 e inmortalizó sus gestos, sus pequeños pies llenos de barro y sus miradas, mientras jugaban, fumaban, dormían o hacían fuego para cocinar.

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Ellos están muy presentes en las 160 imágenes y once dibujos que revelan el trabajo que realizó el artista (1931-2012) durante dos décadas.

También aparecen sus fotos de su amigo Pablo Neruda en Isla Negra, de comunidades indígenas en Bolivia y Perú o de la nostalgia y el bullicio de ciudades como París o Londres, a donde llegó en 1958 con una beca del British Council.

Fue poco después de cruzar el charco cuando Henri Cartier-Bresson sintió un “flechazo” y, en seguida, se lo llevó con él a la agencia Magnum, donde su primera prueba fue retratar a un capo de la mafia italiana buscado por la Interpol.

Disfrazado de “mochilero”, Larraín se ganó su confianza y logró que terminara posando para él, un reportaje que lo catapultó al éxito y lo llevó a las páginas de prestigiosas revistas internacionales.

Así dio a conocer su peculiar forma de mirar la vida, que resulta en imágenes únicas en las que recurre a desenfoques, contrapicados y planos cortados y muestra a personas que entran y salen del encuadre a su antojo.

“Para esa época, tenía una visión muy moderna de la fotografía, muy cinematográfica” y sentía “una empatía impresionante: lograba siempre la confianza de los protagonistas”, señala Fabri.

Todo ello es evidente en sus trabajos del colonialismo en Argelia, de la boda del shá de Persia o de su querida Valparaíso, ciudad portuaria chilena a la que viajó muchas veces.
Larraín transitó sus calles, observó a sus viandantes y se adentró en sus prostíbulos, cámara en mano, sin obstáculo aparente.

Su visita a “Los siete espejos” es una de las partes más hipnotizadoras de la exposición, con juegos de reflejos, primeros planos de travestis que no apartan la mirada del objetivo y escenas de prostitutas desfilando, bailando con clientes o esperando, desde la pared, la aparición de uno.

La entrega y la sensibilidad que demostró en sus piezas no impidieron que, un buen día, Larraín renegase del estilo de vida del fotoperiodismo y escapase, con su hijo, a un pequeño pueblo del norte de Chile para meditar y, en definitiva, desaparecer.

Su rechazo hacia su propio trabajo fue tal que trató de destruirlo todo y quemó los negativos, pero el fotógrafo Josef Koudelka había conservado muchos de ellos.

Esto permitió que, años después, cuando la actual directora de la Fundación Henri Cartier-Bresson y exdirectora de arte de Magnum, Agnés Sire, descubrió la historia del artista, pudiesen recuperar casi toda su obra.

Durante 30 años, Sire desarrolló una íntima relación epistolar con Larraín, quien tras el impacto mediático que generó en 1999 su retrospectiva en Valencia (España), le pidió que no volviese a exhibir su trabajo hasta su muerte. Y así fue.

Retirado, tomó alguna foto más, pero las llamó “satoris” -iluminaciones- por su carácter místico y su contenido radicalmente diferente, siempre vinculado a la naturaleza.

“Se separó del mundo y su vida empezó a ser más introspectiva”, cuenta Fabri, quien destaca que, sin embargo, nunca se retiró “del contacto con la gente” y, de hecho, además de impartir yoga y regalar los libros que escribía y encuadernaba a los vecinos, siempre respondía a las cartas que le enviaban.

“Lo que sí rechazaba era que fuesen a verle para recordarle su vida de fotógrafo”, agrega. La vida fugaz y brillante que, ahora, Argentina resucita.

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